Aún no se ha lanzado en paracaídas, pero sigue sin aire

g-anointingSe vinieron las dos al despecho dispuestísimas a ver a los enfermos, los jóvenes siempre tienen la imprudencia inaudita de atreverse, la mejor de las imprudencias, la osadía sin cálculo, abierta, desplegada. Les pasé el fragmento del libro que ha escrito una enfermera norteamericana sobre arrepentimientos de última hora de los moribundos, los pasajeros que ya tomaron su billete y hacen recuento. Entonces les dije, estupidez por mi parte porque todavía en ellas se veía brotar la primavera, de qué se arrepentirían de no haber hecho si se vieran de frente con la muerte. Una de ellas, en seguida, “no haberme lanzado en paracaídas”. Hace poco una madre me enseñó el vídeo de su hijo haciendo puenting. Un grito de guerra y el chaval se salió de plano, eso fue todo. Entonces pensé que las experiencias de adrenalina que duran segundos, dejan a la larga poquitos posos en el café.

Me llamaron al busca. Se me requería para la unción de una moribunda, era muy probable que le quedaran horas para morirse. Colgué y le dije a la joven del paracaídas que me acompañara, así de brusco. Me apetecía que pusiera frontera entre el subidón emocional y una experiencia verdadera. Entramos en la habitación, mi compañera estaba en un estado de tormenta perfecta de silencio, llevaba los óleos y el libro del ritual. Su bata, aunque estrecha, le daba porte de enfermera con oficio. Besé a los familiares, rezamos, hablamos de la muerte con respeto, sin miedo. Le ungí las manos, la cabeza y mantuve mi mano un tiempo en su frente mientras rezaba por ella. Cuando nos despedimos miré a mi joven acompañante, y le dije

-¿Qué?

Estaba muda.

Javier Alonso Sandoica

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