Cuando en el viaje al pasado, hay más alegrías que penas

FIESTATodas las tardes de cinco a ocho, un grupo de voluntarias nos encargamos de un conjunto de mayores en mi parroquia. Se creó al ver las necesidades de acompañamiento y de escucha, para combatir la soledad. La media de edad es bastante alta y en su mayoría son mujeres, aunque hay algún que otro matrimonio.

Lo que más les gusta es jugar a las cartas: el julepe, el cinquillo, la brisca. Les preparamos las mesas con sus tapetes y sus barajas. Luego organizamos la merienda: café con leche, magdalenas, galletas… Teniendo cuidado de que la leche sea descremada y los dulces sin azúcar. Casi siempre en torno a la comida surgen las conversaciones más interesantes. Te cuentan sus vidas, sus infancias difíciles en una España de muchas carencias, donde se pasó mucha hambre y se trabajaba largas horas. Aprendemos mucho de la vida en los pueblos, del campo y sus estaciones: plantar, fumigar, segar, regar cosechar, vendimiar…. En muchos rostros las horas al aire libre, el sol y el frío han dejado surcos.

Nos cuentan las pérdidas de sus familiares, y las más difíciles y dolorosas, aquellas de los hijos que partieron antes de tiempo. Escuchamos con atención, que se sientan acogidos; tocamos, unimos las manos y a veces acariciamos.

Cuando llega la Navidad les preparamos una fiesta: hacemos canapés, tortillas, sándwiches, con dulces y la sidra para brindar.
Nos ponemos todas guapas, la ocasión lo merece. Buscamos música española y por supuesto villancicos. Para algunas, ésta es la única fiesta que van a tener. Están emocionadas, sobre todo las que han tenido pérdidas recientes. Pero con la música, la escucha y el calor que reciben, vuelve su infancia. Te hablan de cómo celebraban las fiestas, sus travesuras y sus primeros amores, los pocos años de colegio, puesto que había que ayudar en casa. Empiezan llorando y acabamos todos riendo porque sus infancias, a pesar de las dificultades, las recuerdan felices y con mucho cariño.

Alguna con la memoria un poco perdida, ha vuelto a su Valladolid natal, a la tienda familiar de retales, te enseña sus ropas y te pide que la acompañes al baño, porque se quiere colocar bien la enagua que le sobresale del vestido. Y tú la coges del brazo con todo el cariño y la llevas donde te ha pedido, y la pones toda guapa y ella ríe y ríe, porque le has proporcionado una tarde feliz y en su viaje al pasado se han encontrado con más alegrías que penas.

Se van con sus regalos, contentas y agradecidas porque saben que hay un lugar para ellas donde se sienten queridas, valoradas y apreciadas. Un lugar donde reposar.

Teresa Campoamor

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