El dolor, o la esterilidad de rezar al Dios omnipotente

9788432145797¿De dónde venimos, qué hay después de la muerte, por qué existe el dolor? Son preguntas que quizá no tienen respuesta, aunque nos esforzamos por hallarlas, tanto con métodos científicos, como a través de recorridos filosóficos, o en medio de tupidas doctrinas religiosas. Uno de esos intentos más llamativos fue el de C. S. Lewis, que dedicó dos libros a la cuestión (El problema del dolor, 1940; Una pena en observación, 1961); cuyos sentidos quedan expresados en la película de Richard Attenborough Tierras de penumbra (1993). Al principio del largometraje, el erudito Lewis conferencia ante decorosas señoras londinenses, exponiendo una teoría redonda, perfecta, piadosa y digna de aplauso. La cuestión, sin embargo, no queda resuelta; pues en un momento dado, cuando ese profesor de Oxford ha bajado la guardia, y ha permitido que alguien entre de verdad en su vida, llega el auténtico dolor. Es obvio que la narración de Attenborough exagera detalles de la biografía de Lewis, pero ese contraste entre la teoría cristalina y la realidad zafia siempre resulta demoledor.

A partir de aquí, con una actitud más humilde —es decir, más pegada al suelo, a ese “barro” del que somos formados—, podemos manejar el dolor, sin entenderlo, pero eludiendo su capacidad destructiva. En cierto modo, sería la forma propia de las corrientes no cristianas, la ataraxia o resignación de un buen número de estoicos de la Antigüedad Clásica, o de varias corrientes de pensamiento oriental. Sin embargo, a la postre, sería reconocer la victoria del dolor y la muerte; sería asumir el derrotismo como solución. Así, la única alternativa, como dice la Iglesia, reside en el cristianismo, que se distingue por su proclamación de la “derrota del sufrimiento y la muerte”. Y aquí es donde empiezan más complicaciones. ¿Dios vence en la cruz, el hombre vende en la cruz?

Este sería el contexto en que podemos situar el libro del sacerdote Jorge Ordeig (Valencia, 1952), párroco de la iglesia de San Ildefonso (Granada). Una de las advertencias que plantea este autor es señalar el error de decir que “Dios envía el dolor”, “este dolor es una prueba que manda Dios”. Al revés, asegura Ordeig; se trata de una pobre y desastrosa aseveración que nace de una piedad religiosa mal enfocada. Y otro paso más: ¿permite Dios el dolor?

Por término general, la mayoría de personas que han recibido formación católica asumen que Dios es todopoderoso, y que deben rezarle y pedirle. Sin embargo, resulta que Dios, a pesar de las oraciones que le llegan, no evita el dolor, no soluciona los problemas, no alivia las penurias. Entonces, ¿Dios es bueno o no; omnipotente o no; quiere nuestro dolor o nuestro gozo? ¿Por qué no nos hace caso? ¿De verdad que Dios escucha, le importan mis sufrimientos, mis deseos, mis anhelos, mis ilusiones?
El libro intenta abordar estas preguntas. Pero antes, hagámonos una reflexiones. En el Evangelio, tanto Satanás —las tentaciones en el desierto— como los fariseos y sacerdotes —ante Cristo crucificado— piden a Jesús que se muestre omnipotente, con su legión de ángeles, que imponga su voluntad, su Reino. “No irás tú a Jerusalén para ser crucificado”, le dice Pedro; y el Maestro replica: “¡Apártate de mí, Satanás!”. Pero al lado de Cristo, también crucificado, se encuentra el ladrón que la tradición ha dado en llamar Dimas. Y Dimas, en vez de pedirle que lo baje del madero, que lo lleve a un paraje exótico lleno de placeres, lo primero que hace es reconocer su pecado y su culpa; luego, pedirle perdón y que le dé un lugar… en su Reino. Que no es “de este mundo”. O de cómo nosotros insistimos en plantear “este mundo”.

José María Sánchez Galera

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