La enfermedad y la voluntad

GUERRA1Esta semana ha sido de hospital. Han operado a mi padre y he tenido la suerte de poder acompañarle buena parte de las muchas horas de ingreso. He tenido la suerte porque disfruto de un trabajo en el que me han concedido los días de permiso retribuido para poder estar allí. No en todos los trabajos se tiene la misma suerte, no en todos acogen la noticia con la mejor de las caras, preocupados sinceramente por la enfermedad del prójimo.

Estos días he pensado mucho en cómo la enfermedad afecta de manera decisiva a nuestra voluntad. Mi padre es un hombre extraordinariamente inquieto, necesariamente activo. Pero la enfermedad, cuando llega, por pequeña o poco importante que sea, tiene la insólita capacidad de doblegar la voluntad con una eficacia que ninguna voz de ordeno y mando conseguiría. Y allí estaba, paciente, mirando el pasar del tiempo porque su quebranto físico le ataba a la cama.

La casa de mi suegro está en medio del campo en una zona que fue, según me cuentan mis amigos historiadores, enclave crucial en la batalla del Jarama, durante la Guerra Civil, la cima con la que se coronan unos adustos cortados de tierra rojiza fue tomada y perdida hasta siete veces. Los ya casi ochenta años transcurridos no han borrado las huellas del combate. Aquí y allá, donde ahora el viento barre las siembras de trigo, se vislumbran las toscas construcciones que un día sirvieron de trincheras.

A veces me quedo mirando esas barricadas en las que tantos y tantos hombres del color ideológico que fuera pasaron cientos de noches al raso peleando por un palmo de tierra. Pienso en la fuerte voluntad que les movería, y pienso también cómo a veces la más mínima enfermedad convertiría aquel infierno de metralla en más infernal si cabe. Porque para uno lo que más le asusta es la guerra, hasta que una indisposición estomacal o una dolorosa ampolla en un pie se convierten en el mayor de los desvelos. Correr entre las balas es muy duro, y más aún si se corre enfermo, porque llega un momento en el que la voluntad puede ceder y uno atiende a la enfermedad antes que a la vida.

GUERRA2Cuando en el último de mis embarazos tuve que guardar cama por el peligro de que se adelantar el parto, me costó horrores dominar mi propia voluntad. A una madre de familia le suele resultar complicado darse cuenta de que es más prescindible de lo que imagina. Mi voluntad pendía exclusivamente del número de contracciones, y aprendí a ser disciplinada y obedecer, aun cuando no era eso lo que me pedía la cabeza.

Y, sin embargo, a pesar de que la voluntad se quiebra en pedazos ante la enfermedad que se presenta de improviso, que nunca es llamada y menos aún invitada, tronchados en la cama del hospital podemos seguir siendo inmensamente libres para aceptar del mejor grado posible esa otra voluntad que, sin ser la nuestra, ha venido a formar parte de nuestras vidas.

Entonces descubrimos cuán equivocados estábamos al pensar que solo somos voluntariosos y útiles en la medida en que somos productivos. Descubrimos que en nuestra aparente improductividad, tendidos a la espera del siguiente dictamen médico, de la próxima visita de la enfermera, seguimos siendo nosotros mismos, aunque, qué duda cabe, con otras circunstancias.

María Solano Altaba
@msolanoaltaba

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