Soy responsable de la miseria de todo hombre

Diferencia central entre el Cristianismo y el Islam

La diferencia entre el Islam y el Cristianismo la explica maravillosamente Roberto Benigni en uno de sus comentarios a la ‘Divina Comedia’ de Dante. El Islam implica la sumisión del hombre a un Dios que mora “Arriba”. El Cristianismo es la sumisión de Dios a la voluntad de una adolescente, de la que depende para hacerse hombre. Es, como dice Benigni, la espera del enamorado al sí de la mujer a la que adora

lebretSoy responsable de la miseria de todo hombre sobre la tierra

¿La misericordia? No se trata de una simple piedad o de un sufrimiento que siento al encontrarnos con una persona desgraciada. La misericordia es tomar la miseria del corazón del otro, es la miseria del otro que se aloja en nosotros, que se hace nuestra, al principio como una quemadura, pero que enseguida exige acción. El misericordioso no acumula las miserias que encuentra por “masoquismo”. No. La miseria del otro le quema para entrar en acción.

Tomar al que tiene hambre, al que no tiene ropa, al que no tiene alojamiento, al enfermo, al que está en paro. Al pobre de espíritu, al poco dotado, al irresoluto. Al ignorante. Al despreciado, al abandonado, al traicionado. Al que no tiene amigos, ni tan siquiera uno. Al mendigo, al borracho. Al desesperado. Pero también, al rico egoísta, al sabio tan especializado que se olvida de lo esencial, al vanidoso lleno de sí, al orgulloso que busca la gloria, al dominador que oprime.

Todos los hombres, en algún momento, somos míseros. Por esto tenemos que alojar a todos en nuestro corazón, dilatar cada vez más nuestro corazón y así parecernos cada vez más a Cristo que alojó en su corazón todas las miserias de los hombres. La misericordia se convierte así en una nueva forma de felicidad. El hombre roto por las miserias de los otros, y progresivamente de todos los otros, es un hombre que ensancha cada vez más su capacidad de amar.

La oración del misericordioso es tan inmensa como la inmensidad de la miseria. Y desde ese momento, mediante la oración, el hombre dolido por la miseria del otro, de los otros, entra en acción luchando contra las miserias. Sin embargo, para la mayoría de la gente, la justificación por la oración no sería suficiente. Sería una trampa para no comprometerse, para no actuar. No podemos añadir nada más a Dios. Dios se basta y su misericordia consiste en habernos llamado a ser, a ser a su imagen, dotados de inteligencia y de libertad. La misericordia de Dios nos ha regalado el mundo. La misericordia de Dios nos ha enviado el Verbo, Hijo único, Dios-Hombre, para salvarnos. La misericordia de Dios, en Cristo, nos ha glorificado y nos ha hecho capaces de amar hasta el don total de nosotros mismos.

Louis-Joseph Lebret. El Evangelio de la misericordia, páginas 165-166.

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