Porque estaba solo, enfermo, asustado… y me hicisteis compañía

Back Camera

Back Camera

En ningún lugar se concentran tantos miedos y esperanzas, tantas tristezas y alegrías, tantas dudas y certezas, como en un hospital. Un pequeño dolor que resulta ser un problema de corazón que requiere cirugía; una infección como tantas otras que está a punto de llevarse a una niña de dos años; un problema de columna que cambia el rumbo de tu vida para siempre; jovenes que se restablecen y están deseando salir del hospital cansados y aburridos de estar allí encerrados; gente mayor con el miedo en sus ojos. Sonrisas nerviosas y agradecidas después del susto, temores y angustias ante pruebas y operaciones. ¿No era yo el dueño de mi vida?

Ante la enfermedad y la muerte estamos solos; nadie puede dolorese con nosotros para aliviarnos el dolor; nadie puede enfermarse o romperse un poco para compartir y abreviar nuestros días de convalecencia; nadie puede operarse o tratarse por nosotros, nadie puede… ¿Nadie? ¿O quizá alguien puede? ¿Y si lo hubiera hecho ya?

Salgo muy contento de la primera visita de hoy, la tenía ‘agendada’ de la semana anterior. Hay gente que realmente está muy sola y estas pequeñas visitas son toda una alegría para ellas y para nosotros. Vamos con la silla hasta la ventana del fondo del pasillo; unas vistas preciosas de la sierra de Madrid con la Ciudad Universitaria a nuestros pies. Charlamos un rato y seguimos de paseo; nos reímos de lo serio que nos mira la gente por los pasillos, ella en la silla de ruedas con ‘sus cosas’ y yo con la ‘bata blanca’ y mi barba blanca que hace que casi todo el mundo ajeno al hospital me tome por médico o enfermero; y, por supuesto, como punto de información para cualquier cosa: ‘¿Sabe usted donde queda…?’; ‘¿Sabría si el doctor…?’; ‘¿Sabe dónde está la enfermera…?’. “No, si un día de estos pretenderán meterme en un quirófano a operar”; risas. Además, estoy muy agradecido, porque pedimos por algo que parecía ‘misión imposible’ hace unos días y, ¡tachán! Se ha solucionado ya, en cuatro días; ¡no puede ser! Pues lo es… ¡Hombre de poca fe! La semana que viene bajaremos a merendar a la cafetería porque nunca le traen galletas; hoy no me da tiempo, y es que los minutos pasan volando. Salgo de nuevo a perderme -literal- por el hospital en busca del siguiente paciente al que no conozco.

Voy de camino, desde lejos oigo a alguien rezando por un pasillo de la segunda planta, viene a toda prisa, con la cara desencajada y aferrado a unas bolsas de plástico que parecen vacías; me aparto; detrás de él, a menor paso, viene un hombre, también mayor, va con las manos en la cabeza y llorando mientras parece mantener una conversación con alguien que ya no está; es una despedida con la mirada perdida, parece pedir explicaciones. Es un momento extraño, como si el tiempo se ralentizara y la luz se atenuara; parece un sueño, algo irreal. Unos pocos metros más adelante una familia llora y se abraza, me devuelven a la realidad del momento. Ruego para poder contener las lágrimas y soy más consciente que nunca de mi impotencia y mi pequeñez. Me paro un momento frente a los ascensores, rezo una oración por esa persona que se ha ido y por su familia; respiro y sigo mi camino.

Llamo con decisión a la habitación. Yo sí sé a quién me voy a encontrar, pero el paciente no tiene ni idea de que de un momento a otro va a entrar un pariente al que no conocían; soy ese hermano, ese sobrino, ese nieto del que nunca oyeron hablar pero que ha venido a verles y está al otro lado de la puerta. Como siempre, con la bata y mi barba pensarán de primeras que soy un médico, pero no, yo tengo que tirar de móvil y de internet para entender de qué me hablan en prácticamente la mayoría de casos; si eso convalida alguna asignatura de medicina con el paso del tiempo, no lo sé, pero hoy tan sólo he venido para hacerle pasar un rato lo más agradable posible, a preocuparnos juntos y a ser optimistas juntos; a ayudarnos mutuamente, pues no somos capaces de ver -y mucho menos entender- que cuando vamos a ayudar, terminamos siendo ayudados, porque olvidamos a quién estamos acompañando en realidad y quién es el que nos ha llevado hasta esa habitación en la que estamos a punto de entrar.

La tarde termina, han pasado horas y sin embargo me han parecido unos pocos minutos; cuelgo la bata, me despido y salgo del hospital. Estoy agradecido, estoy contento y estoy triste; me pregunto cosas, pienso, recuerdo los rostros y las historias de las personas que he visitado; y es entonces, de regreso, cuando empiezo a comprender qué ha ocurrido realmente durante esos ratos de compañía mutua. Creo enterderlo, aunque sólo un poquito.

No quisiera terminar sin un agradecimiento a todo el personal del Hospital San Carlos, del primero al último; que además de realizar su trabajo y preocuparse por los pacientes -que bastante tienen-, nos facilitan enormemente esta labor. Gracias por su colaboración y sus sonrisas.

Carlos Corbacho Duque

Opina

*