Y así fue como abrí los ojos

2012-09-24-EyesSmileEsta Semana Santa ha sido para mí, diferente, especial, podría decir que ha sido la primera que he vivido espiritualmente. Pues bien, mi experiencia comenzó el primer martes de las vacaciones de Semana Santa, cuando mi madre, que le tocaba como todas las semanas bajar al hospital para hacer la correspondiente visita a los enfermos, me despertó y me ofreció acompañarla para hacerlo. Yo no estaba muy segura de que hacer, si ir con ella o no, pero finalmente me decanté por acompañarla, ya que la otra opción hubiese sido haberme quedado toda la mañana sola en mi casa.

Allá que fuimos, y en cuanto llegamos al Clínico decidimos pasar primeramente por la capilla, donde estuvimos rezando el rosario y pidiéndole al Señor por los enfermos, pero especialmente esa mañana le pedimos por nosotras, para que nos diese fuerza y nos acompañase durante las visitas. Después de haber estado un ratito en oración, ya nos fuimos a cambiar y, que suerte tuvimos de encontrarnos con el capellán. Él me dio la oportunidad de acompañarle durante esa mañana, ya que yo no estaba muy segura y pensaba que no lograría hacer este voluntariado. Así que mi madre se fue por su cuenta y yo por la mía. Me fascinó la cantidad de cosas que pude hacer en ese ratito, esas horas que estuve allí sirvieron para mucho, visité a unas ancianitas, estuve con un niño de doce años que sufría un tumor cerebral y finalmente recé ante un cadáver y acompañé a la familia en tal momento de dolor. Al llegar a casa me empecé a plantear un montón de cuestiones sobre los enfermos, los voluntarios, en general, lo que había vivido en el hospital.

Esto fue un martes, pues el jueves recibí un mensaje de mi catequista ofreciéndome asistir a la convivencia de jóvenes que iba a tener lugar durante el Triduo Pascual. Acudí encantada, ya que iba a poder estar con mis amigos y a la vez iba a compartir la Semana Santa con los feligreses de mi parroquia. Aparte de celebrar los sagrados oficios, hicimos numerosas actividades, entre ellas, fuimos a una residencia de ancianos a rezar con ellos el Vía Crucis. Al terminar de rezarlo nos dieron tiempo de charlar, acompañar a estas personas mayores. Yo lo aproveché para seguir en oración con el Señor pero de una forma especial, me senté junto a una anciana que se encontraba sola en un banco, nada más sentarme, ella me miró fijamente, me agarró la mano y rompió a llorar, no hacía nada más que agradecerme la visita. Al salir de aquella residencia, me reuní de nuevo con mis amigos y compartimos lo que habíamos experimentado en ese lugar tan frío y solitario para los jóvenes. Ahí fue donde realmente me di cuenta de lo agradecida que tenía que estar, se despertó en mi interior la necesidad de seguir realizando una tarea como esta. Al llegar a casa estuve hablando con mi madre sobre la convivencia, pero sobre todo le conté lo que me había sucedido y lo que había decidido empezar. Nada más contárselo me respondió ” no ves Mer…” . La cosa es que nunca había comprendido la labor de los voluntarios, para mí eso de hacer voluntariado era algo que ni fu ni fa, no me lo había planteado nunca y no me llamaba nada.

Vuelve otra vez el cole, los estudios…. y no me queda otra que pasar mi día de voluntariado al sábado, ya que es el único que día que tengo más libre, también me decanté por qué podía hacer, si ir al hospital o a la residencia de mayores. Me bajé al hospital el primer sábado después de las vacaciones, pero esta vez ya como voluntaria de verdad, consciente de lo que iba hacer. De nuevo, acudí de primera mano a la capilla, donde estuve orando y pidiendo al Señor que me diera fuerza, energía y alegría. También le rogué que me quitara los prejuicios que me venían a la cabeza cada vez que escuchaba la palabra enfermo.

Terminada mi oración comencé la visita, la tarde parecía triste, era una tarde sin más, visitaba distintos enfermos, hasta que una enfermera que me vio vestida con la bata blanca se me acercó y me sugirió ir a la habitación 38 de aquella planta, en la que estaba un hombre de 61 años muy solito y a la vez muy enfermo, se llamaba Ricardo. No dudé un instante y acudí a aquella habitación, nada más entrar vi a un hombre tumbado en la camilla con semblante muy serio, claro yo me quedé un poco “paralizada” no sabía muy bien que hacer o que decirle, la enfermera me ayudó a romper el hielo y le dijo que le sacaría a pasear. Nada más decirle eso se le iluminó la cara y con una sonrisa me miró y me agradeció la visita, pues previamente me había contado la chica del servicio médico que llevaba 15 días en la habitación solo y sin salir para nada y después de ofrecerle salir a pasear dijo “pues allá vamos”. Así que le sentamos en su sillita de ruedas y fuimos a dar un paseo por el hospital.

Ricardo, el enfermo, me pidió sacarle a la terraza, me contó que le gustaba mucho observar el paisaje, estuvimos mirando las montañas a la vez que charlando. Era una persona muy tranquila, educada, animada a pesar de la enfermedad que sufría y con un montón de experiencias. Empezaba a hacer frío, y para que no cogiera frío le volví a meter dentro, esta vez no sabía muy bien que hacer o a donde ir, y no se por que acabamos rezando en la capilla, a pesar de no saber si él era cristiano, o de si creía en Dios. Por lo que pude observar yo creo que sí que lo era, pero no practicaba mucho. Le empecé a notar un poco cansadito así que le subí a su planta y lo llevé hasta su habitación. Le habían traído la merienda, le ayudé a tomársela. Yo ya me tenía que ir, le dije que volvería la semana siguiente y al despedirme, él me pidió que le acercara una servilleta, ¿sabéis para qué…? pues para darme una beso de despedida, de agradecimiento y de felicidad.

Después de cosas como estas, no puedes parar de pensar, no puedes quitarte de la cabeza lo que has hecho, lo que has vivido, lo que has hablado…Son cosas que te marcan, cosas que nunca olvidarás. Ese día salí del hospital un poco tocada, era una sensación rara, no la sabría expresar, pero era una mezcla entre alegría y satisfacción, uno sabe cuando hace algo bueno y cuando no, y esa tarde hice algo verdaderamente bueno, acompañé a Ricardo en su enfermedad y en su soledad. Y también sentí algo de incapacidad, me dio rabia no poder hacer más por ellos, me dio mucha pena dejar a enfermos solos en sus habitaciones, pero… no podía hacer nada más, ya había compartido un ratito con ellos, y ahora todo lo demás estaba en manos de Dios.

Durante esa semana estuve reflexionando, pero no quería planteármelo mucho más, ya que me distraería, y vería repercusiones en mis estudios, por tanto, continué con mis estudios, mis clases y mi vida de niña adolescente de 17 años. El último sábado que acudí al Clínico, tuve la suerte de volver a visitar a Ricardo, ya que cuando me fui a casa el anterior sábado no estaba convencida de si le iba a volver a ver, pero gracias Dios estuve de nuevo con él. Esta vez le vi mucho más apagado, apenas me contaba cosas y lo único que me dijo fue ” ¿rezas conmigo un Ave María, que no me acuerdo?”, me sentí súper feliz y satisfecha, sabía que el haberle llevado a la capilla supondría un cambio en su vida, y eso hicimos, le agarré las manos y fuimos recitando despacito la letra de la oración. No era su día, no tenía ganas de nada, asi que decidí dejarle descasar. Esta semana, estuvo mi madre con él, y al llegar mi madre a casa, la vi con una cara desencajada, me contó que Ricardo ya no puede más, no le queda más tiempo, su cuerpo ya no resiste a nada. Lo que me contó, yo ya me lo imaginaba, pues el último sábado que estuve con él le vi muy bajito de ánimos y muy cansadito.

La conclusión que saco después de haber estado con Ricardo, es que la vida está para vivirla y disfrutarla pero de verdad, que todo lo que hagamos lo hagamos desde el corazón y con amor, que nos demos y nos abramos a los demás sin ningún miedo a lo que puedan decir o pensar de nosotros, y que con un poquito que hagamos moveremos montañas. Que cada noche cuando nos vayamos a la cama, nos paremos a pensar ¿hemos hecho lo que debíamos hacer?. Y también este voluntariado me ha ayudado a darme cuenta que mis “problemas” son una chorrada en comparación con los demás, y que a pesar de las dificultades que te ponga la vida, tenemos que seguir hacia adelante, con paz y tranquilidad y con la cosa más importante, la más sencilla y fundamental en la vida UNA SONRISA.

Mercedes Gómez Rubio

Comentarios

  1. Lilian Villarroel Rojas dice:

    Dios te bendiga niña bonita llegarás muy lejos

  2. Carlos Gómez Coll dice:

    La conocía si, pero sólo de vista. Después de leer lo que ha escrito la conozco mejor y, lo más importante, me gusta aún más y la querría más si ello fuera posible. Si la ves, te fascina; pero si además sabes cómo es por dentro casi la idolatras. Y eso es lo que me ha pasado al saber cómo abrió sus ojos y, de paso, reafirmarme en lo que tantas veces pensaba aunque, tal vez, no siempre asumía, que hay que seguir la vida con paz , tranquilidad y una sonrisa aunque a mi esto de la sonrisa no se me dé bien. Mercedes eres un cielo de mujer como no hay muchas. Un beso.

  3. Fátima Aguilera dice:

    Mercedes que labor tan bonita haces y que bien la redactas. Me haces sentir como si yo estuviera contigo y con Ricardo en ese paseo que disteis por el hospital. Me ha encantado leerte y por favor, te pido que sigas escribiendo tus experiencias como voluntaria, ya que me haces sentir que estoy ahí contigo. Mercedes te conozco, y si eres guapa por fuera, por dentro eres un cielo!!! Sigue así , y que sigas teniendo fuerza, alegría y fe. Muchos besos y mucho animo con todo lo que emprendas en esta vida. Vales mucho!!!!

  4. Después de leer tu testimonio siento que las palabras que te dirijo a ti y a tus compañeros en clase son pura teoría, junto a tus palabras que suenan a compromiso hecho vida. Tu oración suena a sincera, profunda, sentida, vivida y compartida con tus “amigos enfermos y ancianos”. De hecho, “enseñas a orar al que no sabe” en el momento que más feliz puedes hacer a la persona a la que el único “medicamento de salvación” que le queda es la oración y tu compañía: pura misericordia, de la que tanto habla Francisco, y que Dios reparte a raudales . GRACIAS por compartir esta vivencia. GRACIAS por esponjarnos el corazón. CUM LAUDE. Con cariño, de tu profe Emilio.

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